Hoy es el Primero de Mayo de 2026, Día de la clase trabajadora. Cada vez es más evidente que el modelo económico actual no ofrece certezas, sino todo lo contrario: en la sociedad se están extendiendo la incertidumbre, el miedo y la resignación, y los discursos generales que escuchamos nos quieren hacer creer que no hay alternativa, que todo está decidido. Esa es, en definitiva, la mayor mentira a deconstruir. Para ello, es imprescindible activar la fuerza de las trabajadoras y trabajadores, porque el futuro no se construye en lo individual, sino en lo colectivo.
En los últimos años, el mundo laboral está cambiando rápidamente. Ejemplo de ello son la inteligencia artificial, la automatización o la digitalización que han llegado a gran velocidad, eliminando algunos puestos de trabajo, creando otros, y dejando a muchas personas en la incertidumbre. Y es que la tecnología en sí no es un problema, sino cómo se gestiona.
Por otro lado, cabe destacar que la precariedad no ha desaparecido, sino que está transformando su aspecto, forma y disfraz, persisitiendo con fuerza en la sociedad. La pandemia puso de manifiesto que muchos de los trabajos que sustentan a la sociedad son invisibles, que la mayoría de esos trabajos los realizan especialmente las mujeres, en malas condiciones y además, sin ningún reconocimiento. Las mujeres, y especialmente las mujeres racializadas, siguen soportando la mayor carga. El modelo actual no es sostenible y, por tanto, hay que revertirlo. Necesitamos un modelo que ponga las vidas en el centro, y para ello son imprescindibles unos servicios públicos sólidos.
Asimismo, hay que recordar que se están imponiendo la dura competencia, el poder económico y las lógicas de la imposición. La guerra y el rearme están pasando de ser una excepción a un paisaje habitual; los conflictos comerciales están sustituyendo al diálogo. Y los derechos humanos y el respeto de los pueblos son relegados a un segundo plano cuando chocan con intereses estratégicos o empresariales. La prevalencia de las mencionadas lógicas tiene eco en nuestro día a día. Un claro ejemplo es que, cuando aumenta el gasto militar, se reducen los recursos sociales.
Sabemos que en la cohesión social la educación juega un papel significativo. Pero desgraciadamente, todavía la Escuela Pública Vasca no está suficientemente protegida, no tiene la referencialidad que necesita. El pasado curso muchas de las condiciones laborales que hemos luchado las trabajadoras y los trabajadores todavía no se han puesto en marcha y, en consecuencia, persisten la falta de recursos que tenemos en el sector, la tasa de temporalidad, la carga de trabajo y el aumento de la burocracia.
El Primero de Mayo, por tanto, no es sólo un recuerdo y una reivindicación de las luchas del pasado, sino también un compromiso por el futuro. Tenemos que apostar por una sociedad que ponga la educación pública en el centro.
Por tanto, el rol de los sindicatos es imprescindible: defender los derechos, reforzar la voz colectiva, y nos toca no dejar a nadie atrás. Los retos que están surgiendo en las últimas décadas exigen nuevos instrumentos, pero la base sigue siendo la de siempre, la conciencia de clase y la solidaridad entre las trabajadopras y trabajadores.
¡Organizándonos juntas construiremos un futuro digno!

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